miércoles, 17 de enero de 2018

Oración de alabanza al Padre

La siguiente es una oración de San Juan Pablo II pronunciada para la celebración del Gran Jubileo del año 2000.
Dios, creador del cielo y de la tierra, Padre de Jesús y Padre nuestro:

Bendito seas Señor, Padre que estás en el Cielo, porque en tu infinita Misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos has dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro Salvador y Amigo, Hermano y Redentor.

Gracias, Padre Bueno, por el don del Año jubilar; haz que sea un tiempo favorable, el año del gran retorno a la casa paterna, donde Tú, lleno de Amor, esperas a tus hijos descarriados para darles el abrazo del perdón y sentarlos a tu mesa, vestidos con el traje de fiesta.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre clemente, que en este año se fortalezca nuestro amor a Ti y al prójimo: que los discípulos de Cristo promuevan la justicia y la paz; se anuncie a los pobres la Buena Nueva y que la Madre Iglesia haga sentir su amor de predilección a los pequeños y marginados.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre justo, que este año sea una ocasión propicia para que todos los católicos descubran el gozo de vivir en la escucha de tu palabra, abandonándose a tu Voluntad; que experimenten el valor de la comunión fraterna partiendo juntos el pan y alabándote con himnos y cánticos espirituales.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre Misericordioso, que este año sea un tiempo de apertura, de diálogo y de encuentro con todos los que creen en Cristo y con los miembros de otras religiones: en tu inmenso Amor, muestra generosamente tu Misericordia con todos.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre omnipotente, haz que todos tus hijos sientan que en su caminar hacia Ti, meta última del hombre, los acompaña bondadosamente la Virgen María, icono del amor puro, elegida por Ti para ser Madre de Cristo y de la Iglesia.

¡A Ti, Padre, nuestra alabanza por siempre!

Padre de la vida, principio sin principio, suma bondad y eterna luz, con el Hijo y el Espíritu, honor y gloria, alabanza y gratitud por los siglos sin fin. Amén.

Fuente: El Camino de María

martes, 2 de enero de 2018

El Santísimo Nombre de Jesús

El 3 de enero celebramos en la Iglesia el Santísimo Nombre de Jesús.  Al respecto San Juan Pablo II expresó lo siguiente en uno de los párrafos de la Audiencia General del 14 de enero de 1987 cuyo título era "Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador":

"...En el plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un Nombre que alude a la salvación: 'Dios libera', porque Él es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador. Lo atestiguan algunas frases que se encuentran en los llamados Evangelios de la infancia, escritos por Lucas: '...nos ha nacido... un Salvador' (Lc 2, 11), y por Mateo: 'Porque salvaría al pueblo de sus pecados' (Mt 1, 21). Son expresiones que reflejan la verdad revelada y proclamada por todo el Nuevo Testamento. Escribe, por ejemplo, el Apóstol Pablo en la Carta a los Filipenses: 'Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un Nombre, sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble la rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor (Kyrios, Adonai) para gloria de Dios Padre' (Flp 2, 9-11). La razón de la exaltación de Jesús la encontramos en el testimonio que dieron de El los Apóstoles, que proclamaron 'En ningún otro hay salvación, pues ningún otro Nombre nos ha sido dado bajo el Cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos' (Hech 4, 12)..."
Fuente: El Camino de María

domingo, 31 de diciembre de 2017

Fiesta de la Sagrada Familia - Oración por la Familia

Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor y Vida, haz que en cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, "nacido de Mujer", y del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones porque siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe a los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El Amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu santo. Amén.
(San Juan Pablo II)

A Cristo, María y José encomiendo cada familia

Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A Él, en el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia sepa dar generosamente su aportación original para la venida de su Reino al mundo, «Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz» hacia el cual está caminando la historia.

Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la «Iglesia doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.

Que San José, «hombre justo», trabajador incansable, custodio integérrimo de los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.

San Juan Pablo II - Familiaris Consortio, 86

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Oración a San Juan Pablo II

¡Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo dónanos tu bendición!

Bendice a la Iglesia, que tú has amado, servido, y guiado, animándola a caminar con coraje por los senderos del mundo para llevar a Jesús a todos y a todos a Jesús.

Bendice a los jóvenes, que han sido tu gran pasión. Concédeles volver a soñar, volver a mirar hacia lo alto para encontrar la luz, que ilumina los caminos de la vida en la tierra.

Bendice las familias, ¡bendice cada familia!

Tú advertiste el asalto de satanás contra esta preciosa e indispensable chispita de Cielo, que Dios encendió sobre la tierra. San Juan Pablo, con tu oración protege las familias y cada vida que brota en la familia.

Ruega por el mundo entero, todavía marcado por tensiones, guerras e injusticias. Tú te opusiste a la guerra invocando el diálogo y sembrando el amor: ruega por nosotros, para que seamos incansables sembradores de paz.

Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo, donde te vemos junto a María, haz descender sobre todos nosotros la bendición de Dios. Amén.

Cardenal Angelo Comastri
Vicario General de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano
Fuente: Misioneros Digitales

martes, 19 de diciembre de 2017

San Juan Pablo II ante la Navidad

En sus 27 años al frente de la barca de Pedro, Juan Pablo II no ha dejado de celebrar la fiesta de la Natividad del Señor. A lo largo de este tiempo, ha escrito multitud de mensajes, pronunciado discursos y homilías acerca del Misterio de la Navidad, como tiempo de paz. A su vez, ha denunciado, de muy diversos modos, la injusticia y la violencia en todos los rincones del mundo, así como la esperanza cristiana en que el nacimiento del Niño Dios traiga la reconciliación a todos los hombres.

La mayoría de los mensajes de Navidad de Juan Pablo II -incluidos dentro de la tradicional bendición Urbi et Orbi, pronunciada por el Pontífice en la balconada principal de la Basílica de San Pedro, a las doce de la mañana del 25 de diciembre-, hacen referencia al nacimiento de Jesús como un símbolo de «la ternura de Dios sembrada en el corazón de los hombres». «¡Hacía falta la Navidad!», subraya en sus discursos, dedicados en varias ocasiones a los niños, porque -como señaló en una carta enviada a los niños en las Navidades de 1994- «la Navidad es la fiesta de un niño, de un recién nacido».

Pero, además del llamamiento a la esperanza, Juan Pablo II no ha perdido ocasión para denunciar los males que afectan a la humanidad y que impiden que la alegría del Nacimiento sea vivida en plenitud en todos los rincones del orbe. Ha mostrado su pesar por las guerras del Golfo, Bosnia u Oriente Medio, por el hambre y la desnutrición en los países del Tercer Mundo, por los genocidios y las catástrofes naturales, por los abusos y el desprecio por la vida humana, en sus inicios y final. A continuación reproducimos algunos de los pasajes claves de los mensajes navideños del Santo Padre.

«Día de extraordinaria alegría es la Navidad. Esta alegría ha inundado los corazones humanos y ha tenido múltiples expresiones en la historia y en la cultura de las naciones cristianas; en el canto litúrgico y popular, en la pintura, en la literatura y en el campo del arte» (Mensaje Urbi et Orbi, Navidad de 1997).

«Desde la noche de Belén hasta hoy, la Navidad continúa suscitando himnos de alegría, que expresan la ternura de Dios sembrada en el corazón de los hombres. En todas las lenguas del mundo se celebra el acontecimiento más grande: el Emmanuel, Dios con nosotros para siempre». (Urbi et Orbi. Navidad de 1998).

«Dios, hecho hombre, nos da parte en su divinidad. Éste es el mensaje de Navidad, mensaje de la noche de Belén, que resuena en este maravilloso día. «La palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros». ¡Qué admirable intercambio! El Creador recibe un cuerpo de la Virgen y, hecho hombre, nos da parte en su divinidad» (Urbi et Orbi, Navidad de 1993).

«La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por eso es vuestra fiesta! Vosotros [niños] la esperáis con impaciencia y las preparáis con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena de Belén. Parece que os estoy viendo: preparando una casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador».

«Queridos niños: os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2.000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento!» (Carta a los niños, 13 de diciembre de 1994).

«Que el anuncio de la Navidad aliente a cuantos se esfuerzan por aliviar la situación penosa del Medio Oriente respetando los compromisos internacionales. Que la Navidad refuerce en el mundo el consenso sobre medidas urgentes y adecuadas para detener la producción y el comercio de armas, para defender la vida humana, para desterrar la pena de muerte, para liberar a los niños y adolescentes de toda forma de explotación, para frenar la mano ensangrentada de los responsables de genocidios y crímenes de guerra, para prestar a las cuestiones del medio ambiente, sobre todo tras las recientes catástrofes naturales, la atención indispensable que merecen a fin de salvaguardar la creación y la dignidad del hombre» (Urbi et Orbi, Navidad 1998).

«Desde el pesebre, la mirada se extiende hoy a toda la humanidad, destinataria de la gracia del «segundo Adán», aunque siempre heredero del pecado del «primer Adán» Niños maltratados, humillados y abandonados, mujeres violentadas y explotadas, jóvenes, adultos, ancianos marginados, interminables comitivas de exiliados y prófugos, violencia y guerrilla en tantos rincones del planeta. Pienso con preocupación en Tierra Santa, donde la violencia continúa ensangrentando el difícil camino de la paz» (Urbi et Orbi, Navidad de 2000).

«No podemos olvidar hoy que las sombras de la muerte amenazan la vida del hombre en cada una de sus fases e insidian especialmente sus primeros momentos y su ocaso natural. Se hace cada vez más fuerte la tentación de apoderarse de la muerte procurándola anticipadamente, casi como si se fuera árbitro de la vida propia o ajena. Estamos ante síntomas alarmantes de la «cultura de la muerte», que son una seria amenaza para el futuro. Pero, por más densas que parezcan las tinieblas, es más fuerte aún la esperanza del triunfo de la luz surgida en la Noche Santa de Belén» (Urbi et Orbi, Navidad de 2000).

«La respuesta de Dios se llama Evangelio. Tiene su principio en la noche de Belén para convertirse después en testimonio de Aquel que nació precisamente aquella noche [...]. Hermanos y hermanas: no nos encerremos en nosotros mismos frente a Dios. No le impidamos que habite entre nosotros [...]. Su nombre es Jesús, Dios que salva» (Urbi et Orbi, Navidad 1992).

martes, 12 de diciembre de 2017

San Juan Pablo II y la Virgen de Guadalupe

En la homilía pronunciada en la Santa Misa celebrada el 23 de enero de 1999 al concluir la Asamblea Especial  para América del Sínodo de los Obispos, San Juan Pablo II, expresó:

"...Quiero confiar y ofrecer el futuro del Continente a María Santísima, Madre de Cristo y de la Iglesia. Por eso, tengo la alegría de anunciar ahora que he declarado que el día 12 de diciembre en toda América se celebre a la Virgen María de Guadalupe con el rango litúrgico de fiesta.

¡Oh Madre! Tú conoces los caminos que siguieron los primeros evangelizadores del Nuevo Mundo, desde la isla Guanahani y La Española hasta las selvas del Amazonas y las cumbres andinas, llegando hasta la tierra del Fuego en el Sur y los grandes lagos y montañas del Norte. Acompaña a la Iglesia que desarrolla su labor en las naciones americanas, para que sea siempre evangelizadora y renueve su espíritu misionero. Alienta a todos aquellos que dedican su vida a la causa de Jesús y a la extensión de su Reino.

¡Oh dulce Señora del Tepeyac, Madre de Guadalupe! Te presentamos esta multitud incontable de fieles que rezan a Dios en América. Tú que has entrado dentro de su corazón, visita y conforta los hogares, las parroquias y las diócesis de todo el Continente. Haz que las familias cristianas eduquen ejemplarmente a sus hijos en la fe de la Iglesia y en el amor del Evangelio, para que sean semillero de vocaciones apostólicas. Vuelve hoy tu mirada sobre los jóvenes y anímalos a caminar con Jesucristo.

¡Oh Señora y Madre de América! Confirma la fe de nuestros hermanos y hermanas laicos, para que en todos los campos de la vida social, profesional, cultural y política actúen de acuerdo con la verdad y la ley nueva que Jesús ha traído a la humanidad. Mira propicia la angustia de cuantos padecen hambre, soledad, marginación o ignorancia. Haznos reconocer en ellos a tus hijos predilectos y danos el ímpetu de la caridad para ayudarlos en sus necesidades.

¡Virgen Santa de Guadalupe, Reina de la Paz! Salva a las naciones y a los pueblos del Continente. Haz que todos, gobernantes y ciudadanos, aprendan a vivir en la auténtica libertad, actuando según las exigencias de la justicia y el respeto de los derechos humanos, para que así se consolide definitivamente la paz.

¡Para Ti, Señora de Guadalupe, Madre de Jesús y Madre nuestra, todo el cariño, honor, gloria y alabanza continua de tus hijos e hijas americanos!.." 
Fuente: El Camino de María

sábado, 2 de diciembre de 2017

Mensaje de Adviento de San Juan Pablo II

«Vayamos jubilosos al encuentro del Señor» es un estribillo que está perfectamente en armonía con el jubileo. Es, por decir así, un «estribillo jubilar», según la etimología de la palabra latina iubilar, que encierra una referencia al júbilo. ¡Vayamos, pues, con alegría! Caminemos jubilosos y vigilantes a la espera del tiempo que recuerda la venida de Dios en la carne humana, tiempo que llegó a su plenitud cuando en la cueva de Belén nació Cristo. Entonces se cumplió el tiempo de la espera.

Viviendo el Adviento, esperamos un acontecimiento que se sitúa en la historia y a la vez la trasciende. Al igual que los demás años, tendrá lugar en la noche de la Navidad del Señor. A la cueva de Belén acudirán los pastores; más tarde, irán los Magos de Oriente. Unos y otros simbolizan, en cierto sentido, a toda la familia humana. La exhortación que resuena en la liturgia de hoy: «Vayamos jubilosos al encuentro del Señor» se difunde en todos los países, en todos los continentes, en todos los pueblos y naciones. La voz de la liturgia, es decir, la voz de la Iglesia, resuena por doquier e invita a todos al gran jubileo.

Nosotros podemos encontrar a Dios, porque Él ha venido a nuestro encuentro. Lo ha hecho, como el padre de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32), porque es Rico en Misericordia, Dives in Misericordia, y quiere salir a nuestro encuentro sin importarle de qué parte venimos o a dónde lleva nuestro camino. Dios viene a nuestro encuentro, tanto si lo hemos buscado como si lo hemos ignorado, e incluso si lo hemos evitado. Él sale primero a nuestro encuentro, con los brazos abiertos, como un padre amoroso y misericordioso.

Si Dios se pone en movimiento para salir a nuestro encuentro, ¿podremos nosotros volverle la espalda? Pero no podemos ir solos al encuentro con el Padre. Debemos ir en compañía de cuantos forman parte de «la familia de Dios». Para prepararnos convenientemente al jubileo debemos disponernos a acoger a todas las personas. Todos son nuestros hermanos y hermanas, porque son hijos del mismo Padre celestial. (...)

En el Evangelio [leemos] la invitación del Señor a la vigilancia. «Velad, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». Y a continuación: «Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24, 42.44). La exhortación a velar resuena muchas veces en la liturgia, especialmente en Adviento, tiempo de preparación no sólo para la Navidad, sino también para la definitiva y gloriosa venida de Cristo al final de los tiempos. Por eso, tiene un significado marcadamente escatológico e invita al creyente a pasar cada día, cada momento, en presencia de Aquel «que es, que era y que vendrá» (Ap 1, 4), al que pertenece el futuro del mundo y del hombre. Ésta es la esperanza cristiana. Sin esta perspectiva, nuestra existencia se reduciría a un vivir para la muerte.

Cristo es nuestro Redentor: Redentor del mundo y Redentor del hombre. Vino a nosotros para ayudarnos a cruzar el umbral que lleva a la puerta de la vida, la «Puerta Santa» que es Él mismo.

Que esta consoladora verdad esté siempre muy presente ante nuestros ojos, mientras caminamos como peregrinos hacia el gran jubileo. Esa verdad constituye la razón última de la alegría a la que nos exhorta la liturgia: «Vayamos jubilosos al encuentro del Señor». Creyendo en Cristo Crucificado y Resucitado, creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

San Juan Pablo II
Extracto de la Homilía del Domingo I de Adviento.
Domingo 29 de noviembre de 1998

domingo, 26 de noviembre de 2017

San Juan Pablo II: Jesucristo Rey del Universo

«El reino escatológico de Cristo y de Dios (cf Col 1, 13) llegará a su cumplimiento cuando el Señor sea todo en todos, después de haber aniquilado el dominio de Satanás, del pecado y de la muerte.

Sin embargo, el reino de Dios ya está presente “en misterio” dentro de la historia, y actúa en los que lo reciben. Está presente en la realidad de la Iglesia, que es sacramento de salvación y, a la vez, misterio cuyos confines solo conoce la misericordia del Padre que quiere salvar a todos. “La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración: dondequiera que haya un hombre que ora” (Audiencia general 14-3-1979]. La santidad de la Iglesia de aquí abajo es prefiguración de la futura plenitud del reino.

Las espléndidas expresiones de la Carta a los Colosenses, a propósito de este reino (Col 1, 13), se refieren a todos los cristianos, pero en particular a María, preservada totalmente de la opresión del mal: “Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”. Con Cristo el reino de Dios ha irrumpido en la historia, y todos los que lo han acogido se han hecho partícipes de él: “A cuantos lo recibieron, les da el poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1, 12).

María, Madre de Cristo y discípula fiel de la Palabra, entró en plenitud en el reino. Toda su existencia de criatura amada por el Señor (kejaritoméne) y animada por el Espíritu, es testimonio concreto y preludio de las realidades escatológicas».

San Juan Pablo II
Ángelus 20-11-1983

sábado, 11 de noviembre de 2017

Mes de María . Virgo Fidelis

El 8 de noviembre se inició en los países del Hemisferio Sur  
el mes consagrado a María Santísima, que culmina el 8 de diciembre
con la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción del María.
La piedad popular ha visto en este mes una excelente ocasión
para multiplicar las iniciativas de piedad mariana.
"VIRGO FIDELIS"

"...De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo Fidelis, Virgen fiel. ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son les dimensiones de esa fidelidad?

La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del Designio de Dios en Ella y para el mundo. “¿Quomodo fiet? -¿Cómo sucederá esto?”, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual: “buscar el Rostro del Señor”. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta.

La segunda dimensión de la fidelidad se llama acogida, aceptación. El “quomodo fiet” se transforma, en los labios de María, en un “fiat”. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo – ¡por Alguien! – más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela.

Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El “fiat” de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el “fiat” silencioso que repite al pie de la cruz. Ser fiel es no traicionar en les tinieblas lo que se aceptó en público.

De todas les enseñanzas que la Virgen da a sus hijos, quizás la más bella e importante es esta lección de fidelidad..."

Extracto de la Homilía de San Juan Pablo II en la Catedral de la ciudad de México del 26 de enero de 1979.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La fe en la vida eterna

Ángelus de San Juan Pablo II en la Solemnidad de todos los Santos
1 de noviembre de 1978
Queridos hermanos y hermanas:

Con interés especial hoy os pido a los que estáis aquí reunidos, para rezar conmigo el Ángelus, que os detengáis un momento a reflexionar sobre el misterio de la liturgia del día.

La Iglesia vive con una gran perspectiva, la acompaña siempre, la forja continuamente y la proyecta hacia la eternidad. La liturgia del día pone en evidencia la realidad escatológica, una realidad que brota de todo el plan de salvación y, a la vez de la historia del hombre, realidad que da el sentido último a la existencia misma de la Iglesia y a su misión.

Por esto vivimos con tanta intensidad la Solemnidad de todos los Santos, así como también el día de mañana, Conmemoración de los Difuntos. Estos dos días engloban en sí de modo muy especial la fe en la "vida eterna" (últimas palabras del Credo apostólico). Si bien estos dos días enfocan ante los ojos de nuestra alma lo ineludible de la muerte, dan también al mismo tiempo testimonio de la vida.

El hombre que está "condenado a muerte", según las leyes de la naturaleza, el hombre que vive con la perspectiva de la aniquilación de su cuerpo, este hombre desarrolla su existencia al mismo tiempo con perspectivas de vida futura y está llamado a la gloria.

La Solemnidad de todos los Santos pone ante los ojos de nuestra fe a los que han alcanzado ya la plenitud de su llamada a la unión con Dios. El día de la Conmemoración de los Difuntos hace converger nuestros pensamientos en quienes, después de dejar este mundo, en la expiación esperan alcanzar la plenitud de amor que requiere la unión con Dios.

Se trata de dos días grandes en la Iglesia que "prolonga su vida" de cierta manera en sus santos y en todos los que se han preparado a esa vida sirviendo a la verdad y al amor.

Por ello los primeros días de noviembre la Iglesia se une de modo especial a su Redentor, que nos ha introducido en la realidad misma de esa vida a través de su Muerte y Resurrección. Al mismo tiempo ha hecho de nosotros "un reino de sacerdotes" para su Padre.

Por ello, a nuestra oración común uniré una intención especial por las vocaciones sacerdotales en la Iglesia de todo el mundo. Me dirijo a Cristo para que llame a muchos jóvenes y les diga: "Ven y sígueme". Y pido a los jóvenes que no se opongan, que no contesten "no". A todos ruego que oren y colaboren en favor de las vocaciones.

La mies es grande. La Solemnidad de todos los Santos nos dice precisamente que la mies es abundante. No la mies de la muerte, sino la de la salvación; no la mies del mundo que pasa, sino la mies de Cristo que perdura a través de los siglos.
San Juan Pablo II
Fuente: El Camino de María

domingo, 22 de octubre de 2017

22 de Octubre: San Juan Pablo II

Hoy es el día dedicado a la memoria litúrgica del amado San Juan Pablo II, en recuerdo de un aniversario más del comienzo de su pontificado en al año 1978 (el año próximo serán 40 años).

Karol Józef Wojtyła nació en Wadowice (Polonia) el 18 de mayo de 1920. Durante la ocupación nazi tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química. Estudió en las universidades de Cracovia, Roma y Lublin. Se ordenó de sacerdote en 1946 y en 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia. Participó en el Concilio Vaticano II. Elegido papa el 16 de octubre de 1978, tomó el nombre de Juan Pablo II. Ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero. Realizó muchos viajes apostólicos. Celebró innumerables encuentros con el pueblo de Dios y con los responsables de las naciones. Su amor a los jóvenes le impulsó a iniciar en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. Su atención hacia la familia se puso de manifiesto con los encuentros mundiales de las familias, inaugurados por él en 1994. Promovió el diálogo con los judíos y con los representantes de las demás religiones. Para mostrar al pueblo ejemplos de santidad de hoy, declaró 1338 beatos y 482 santos. Publicó incontables documentos, reformó el Código de Derecho Canónico. Falleció el 2 de abril de 2005.

Es ampliamente conocida la devoción mariana de San Juan Pablo II, que él mismo relataba que se había iniciado cuando a los diez años, siendo un niño, había recibido en un Monasterio Carmelita de Wadowice el escapulario que luego conservó puesto toda su vida.

De su Encíclica Evangeliu Vitae tomamos esta oración de San Juan Pablo II a la Santísima Virgen:
Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
Amén.

sábado, 7 de octubre de 2017

San Juan Pablo II y el Rosario

De la Carta Apostólica "Rosarium Virginis Mariae", de San Juan Pablo II:

El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del Rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. (...) ("Rosarium Virginis Mariae" 1)

"...El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador..." ("Rosarium Virginis Mariae", 17)

«Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para Ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el Cielo». ("Rosarium Virginis Mariae", 43)

sábado, 30 de septiembre de 2017

La Papieska Kremowka el dulce preferido de San Juan Pablo II

El Papa Juan Pablo II habitualmente almorzaba y cenaba de un modo muy simple y bastante temprano ya que su día comenzaba a las 5.30 de la mañana, su primera comida era la más importante, la espiritual en la Santa Misa, luego tomaba el desayuno con té y pan con manteca, al almuerzo para él era fundamental todo los días comenzar con un plato de sopa, y generalmente comía sutiles porciones de carne con bastante verduras, para terminar con la fruta. En la cenas, comía lo que avanzaba del almuerzo. Todo cuidadosamente preparado por las monjas polacas.

Pero de tanto en tanto se daba un gusto goloso, añoranzas de su amado país y que se hizo famoso con el nombre de Papieska Kremowka (pastel de crema papal), un dulce hecho con pasta de hojaldra rellena con crema. Cuando era estudiante, recordaba papa Wojtyla, con sus amigos para festejar la promoción del liceo, organizó una competencia para ver quien lograba comer más Kremowka, Karol llegó a comer 18 pero no fue el ganador.

Esta es la receta para la Kremowka:

Ingredientes:
2 capas de hojaldre
500 ml. de leche
4 yemas
125 gr. de azúcar
50 gr.de fécula de maíz
1 cucharadita de esencia de vainilla
La piel de un limón
1 cucharada de manteca

Preparación:
Hornear dos masas de hojaldres de esas que se compran en el supermercado, o comprar directamente las hojas de hojaldres ya preparadas.

Para la crema colocar la leche en una cacerola calentar y agregar la mitad del azúcar y la vainilla. Tamizar la fécula de maíz y el azúcar restante para evitar grumos, agregar las yemas mezclando sin batir. Verter la mitad de la leche sobre el batido de yemas, mezclando bien.

Llevar al fuego el resto de la leche. Cuando rompa el hervor, volcar la preparación de yemas, mezclando con batidor para evitar la formación de grumos. Cocinar durante un minuto, removiendo bien para que no se pegue. Quitarla del fuego y dejarla enfriar.

Cuando la crema pastelera esté fría, extenderla sobre una de las capas de hojaldre y luego taparla con la segunda hoja de hojaldre. Espolvorear con azúcar impalpable, cortar y servir.

Algunos también agregan un poco de rhum o nata a la crema, para darle más sabor, pero a san Juan Pablo II le gustaba más la tradicional si estos agregados.

Y recuerda como él mismo dijo en la XVII Jornada Mundial de la Juventud: “Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida”

sábado, 23 de septiembre de 2017

San Juan Pablo II y el Santo Padre Pío de Pietrelcina

El Padre Pío de Pietrelcina y Juan Pablo II (Karol Wojtyla) han sido dos enormes santos de nuestro tiempo. Ambos vivieron durante el siglo XX, y en algún momento sus vidas “se cruzaron” de manera providencial:

Cuando Karol Wojtyla era un sacerdote en su nativa Polonia, cada vez que visitaba a Italia viajaba a San Giovanni Rotondo para confesarse con el Padre Pío. En una de esas ocasiones, el Padre Pío pareció entrar en un breve trance y le dijo: "Vas a ser Papa"… y continuó: "También veo sangre... Vas a ser Papa y veo sangre".

Ciertamente todos sabemos que en octubre de 1978 Karol pasó a ser el papa Juan Pablo II. Y recordamos también que el 13 de mayo de 1981, ocurrió el atentado contra aquel mismo sacerdote polaco, ahora S.S. Juan Pablo II.

La sangre fue derramada ese día en la plaza del Vaticano. El mensaje del Padre Pío coincide con el mensaje de la tercera parte del secreto de Fátima aunque este era aún secreto cuando ocurrió la profecía.

Para aumentar este vínculo celestial entre ambos santos, fue el propio papa Juan Pablo II el que beatificó al Padre Pío el 2 de mayo de 1999, y luego lo canonizó el 16 de junio de 2002.